Mi historia con el mar de ardora

Mi relación con el mar de ardora no empezó como un proyecto ni como una búsqueda consciente. Empezó por casualidad.

Una casualidad absoluta.

Eran las 21:20h del 30 de septiembre de 2018, nos encontrábamos en la playa de Mar de Fora (Fisterra) intentando capturar la Vía Láctea aunque las nubes nos lo complicaba. Nos planteábamos irnos, cuando por un momento apareció algo extraño en las imágenes: una mancha azul en el mar que parecía emitir luz propia, en una rompiente en concreto que no veíamos allí a simple vista en un primer momento. Al revisar las fotografías, aquella luz no cuadraba con nada que viéramos antes, pero enseguida a mi compañero le vino a la mente esa palabra de la que habíamos oído hablar años atrás casi como si de una leyenda se tratase: mar de ardora.

Seguimos fotografiando, probando, dudando… y poco a poco empezamos a percibirlo también con los ojos. El mar estaba emitiendo luz azul con cada ola que rompía.

No lo estábamos buscando. Sabíamos que existía pero no donde, cuando ni poque sucedía en ese momento. Fue el mar de ardora quien se cruzó en nuestro camino.

Mar de ardora y Vía Láctea en la playa de Mar de Fora en Fisterra, Costa da Morte (Galicia), con una persona sobre las rocas observando el cielo nocturno

Es imposible pasar por alto las sensaciones vividas esa noche. El azar había querido que aquella noche de astrofotografía frustrada se convirtiese en el detonante en mi mente que haría que los siguientes meses buscase información por todos los medios posibles para tratar de predecir y volver a encontrarme con el mar de ardora.

2019

Llegó 2019, y con el esa busqueda obsesiva en la red que me diese la llave. Fueron muchas horas de navegacion por páginas sobre ciencia, por artículos periodísticos, por reportajes y en ocasiones creo que publireportajes pagados encubiertos.

¿Resultado? Mucha información pero muy contradictoria, y sobre todo, con poca base probatoria que la sustentase.

Llegué a mis propias conclusiones de cuales debían de ser las condiciones óptimas para encontrarme el mar de ardora de nuevo a base de cruzar todos los datos recopilados y esperé a que llegara la noche perfecta en la que se cumpliesen todos los puntos.

Era un 4 de agosto, pusimos rumbo a Nemiña (Muxía), allí se había documentado años antes por Rubén Prieto y publicado en Que Pasa Na Costa, mis conclusiones decian que esa noche se debería dar en esta playa, y tras unos minutos allí y acostumbrar nuestros ojos a la oscuridad, la pantalla de la cámara volvió a regalarnos ese azul eléctrico que emanaba de las olas en el centro de la playa. De nuevo, al cabo de un rato, pudimos verlo con nuestros propios ojos.

La situación era compleja de dijerir. Habíamos hecho un intento en todo el verano y dimos en la diana de pleno. Esto me hizo pensar que sabía a la perfección cuales eran las condiciones idoneas para que se diera. Ya no era solo una suposición.

Seguimos comprobando las condiciones el resto del verano, pero en ningún momento dimos con unas condiciones similares, asique descartamos nuevos intentos.

Mar de ardora en la playa de Nemiña (Muxía, Costa da Morte, Galicia) con una persona observando la bioluminiscencia en el mar de noche

2020

Todo cambió en 2020.

Ese año, tras los avisos de otras personas en redes sociales, como David Trillo con su Taximar Robinson da Lobeira o Fins Eirexas publicado en Que Pasa Na Costa, nos desplazamos a Carnota sin pensarlo dos veces. Allí lo encontramos como nunca antes. Con el mar totalmente en calma y concentradísimo, pudiendonos bañar en la zona de Caldebarcos. El fenómeno se mostró con una intensidad que no habíamos vivido antes. Nos bañamos por primera vez en el mar de ardora, y esa experiencia lo cambió todo. Dejó de ser solo observación o documentación: pasó a ser una vivencia profunda, casi física. Poco después ayudamos a una familia que buscaba el ardora por la orilla, y que debido a la falta de oleaje y a que portaban una linterna encendida, les resultaba imposible visualizarlo. Todo cambió cuando le dije a mi compañero que se metiera en el agua para mostrarle la magia a esa familia. El mar se volvio luz azul en medio de la osuridad y la perplejidad de quien lo veía mojar las piernas se convirtió en gritos de adenalina de padres e hijos. Aquella noche entendí que el mar de ardora no era solo algo bello, sino algo capaz de marcar a quien lo vive, no solo por lo que acababa de experimentar en mi mismo, sinó también por estas personas que tambien vivieron momentos irrepetibles.

Mar de ardora en la playa de Caldebarcos (Carnota, Costa da Morte, Galicia) iluminando las olas en una noche nublada

No todo fueron cosas positivas, también fué un golpe de realidad. Me explico: las condiciones eran totalmente opuestas a las que se daban un año antes en Nemiña, lo que significaba que mi pleno el año anterior había sido de pura casualidad, y lo más importante, seguía sin tener ni idea de las condiciones necesarias para que se diese el mar de ardora, y podíamos descartar la práctica totalidad de la indormación disponible en la red hasta ese momento.

Mar de ardora en la playa de Carnota con las olas bioluminiscentes y el faro de Fisterra iluminando al fondo, Costa da Morte (Galicia)

Las siguientes noches continuamos con la aventura, recorriendo cada dia 150 km para apreciar la belleza de este fenómeno. En cada punto de esta kilométrica playa era distinto. En unas zonas con mas rompiente, en otras con menos, con temperaturas del mar distintas… Y cada noche con condiciones distintas: en una semana nos coincidió desde noches totalmente despejadas en absoluta calma hasta autenticas tormentas con aparato eléctrico incluido.

De lo mas peculiar era la reaccion de mis amigos y algunos de mis familiares. No llegaban a entender que sacrificase las noches de verano entre amigos en nuestro pueblo para arrancar a las tantas de la mañana y hacer 3 horas de coche por algo de lo que apenas habian oido hablar y sobre todo de algo que no se imaginaban realmente que era.

Llegó el jueves, 13 de agosto de 2020, y volvimos un grupo de amigos (los 2 de siempre y unos cuantos escépticos), y en cuanto cayó la noche comencé a percibir que estaba a punto de vivir la mayor locura hasta ese momento.

Éramos poquitos, en esa zona de la playa unas 20 personas, la noche se cerraba y las olas rompian en un orden que no había visto allí las noches anteriores. Al fondo, grandes olas que desprendían tal cantidad de luz que se me quemaban las fotos (muy por encima de las luces del pueblo de Fisterra hacia un lado o de Lira hacia el otro).

Había una segunda serie de olas mas cercanas a la orilla y una tercera, de forma que desde la orilla se veía un constante manto de luz azul eléctrico. No solo se concentraba al fondo, Se veía desde la orilla hasta donde alcanzaba la vista. Un espectáculo que ni me había podido imaginar las noches anteriores.

Mi cabeza entró en colapso. No sabía que hacer: Me quedo con la cámara y documento todo al detalle desde la orilla? Me meto dentro del agua y dejo la cámara haciendo time-lapse sola? Al final hice esto último, y acertada decisión.

Pude comprobar como el mar de ardora me envolvía al bañarme. Como miles de puntitos de luz azul parpadeaban con cada movimiento, como se me quedaban pegados a la piel, a la ropa… La sensacion era indescriptible. 

Por otro lado, a diferencia de las noches anteriores, la temperatura del agua era absurdamente alta, se hacía más difícil salir del agua que entrar.

Y llego uno de los momentos culmen de la noche, ese momento en el que me dió por dejarme flotar boca arriba, momento que solo rompía alguna pequeña ola, y en medio de tal climax de la naturaleza, me puse a observar el cielo, fijándome en el pedazo cielo que allí había, la vía láctea y la enorme cantidad de estrellas fugaces que se estaban viendo. Estábamos en el pico de las perseidas con el cielo completamente limpio y con luna nueva,

No sé si me fui más contento por lo que acababa de vivir, por haberlo compartido con algunos de mis amigos que me miraban como un loco horas antes y tras eso afirmaban que acababan de vivir uno de los mejores  momentos de sus vidas, por descubrir que algo así pudiese existir en este mundo, no lo se. Se me eriza la piel ahora mismo casi 6 años después solo de recordarlo.

Persona en el mar de ardora en la playa de Carnota con olas bioluminiscentes, cielo estrellado y el faro de Fisterra al fondo, Costa da Morte (Galicia)

A partir de ese momento empecé a compartirlo más abiertamente. A explicar dónde, cuándo y cómo observarlo. Y entonces ocurrió algo inesperado: los mensajes se multiplicaron. Decenas primero, cientos después. Personas de toda Galicia —y de fuera— querían verlo, entenderlo, vivirlo. Sin darme cuenta, estaba asumiendo un papel de referencia, ayudando a otros a acercarse al fenómeno.

Llego el viernes, día en el que respondí cientos de mensajes en mi instagram de personas interesadas en poder ver el fenómeno. Al llegar a la playa había una cantidad de personas considerable. La gran mayoria comportándose de manera cívica, tranquila, sentada en la arena observando.

Lo que sucedió esa noche fué tan sorprendente como decepcionante. El mar de ardora volvió, pero no fué ni una décima parte de lo que vivimos la noche anterior. Era algo difícil de entender ya que a priori las condiciones meteorológicas y marítimas eran idénticas.

Mucha gente se fué decepcionada, pero ese momento me hizo entender que no hay que esperar a otro día, a otro momento. El mar de ardora se vé cuando aparece sin garantía de cuando, cuanto ni donde va a aparecer o desaparecer.

Sabor amargo por muchas personas, pero me sentí infinitamente agradecido, más aún, por lo vivido la noche anterior.

Mar de ardora en la playa de Carnota en una noche nublada con cielo estrellado y reflejos de luz en la arena húmeda, Costa da Morte (Galicia)

2021

Comenzaba el verano. Era principios de julio de 2021, concretamente el día 7.
El pronóstico meteorológico anunciaba nubes durante la noche, aunque la realidad fue muy distinta: las previsiones no se cumplieron y el cielo se mantuvo despejado. Cámara en mano, decidimos salir. Aquella noche no buscábamos el mar de ardora. Íbamos a estrenar mi nuevo star tracker en O Roncudo e intentar capturar la Vía Láctea, como tantas otras veces.

Mientras el equipo fotográfico trabajaba solo, dejé pasar los minutos observando el horizonte. Fue entonces cuando algo me llamó la atención: una ola, a varios cientos de metros, parecía iluminarse brevemente. Podía ser cualquier cosa. Un reflejo de la contaminación lumínica de Laxe. Una ilusión óptica. O simplemente cansancio.
Pero había una única forma de salir de dudas.

Cogí mi cámara secundaria, mi vieja Canon 6D, monté un lente zoom y disparé hacia esa rompiente lejana. Bastaron treinta segundos de exposición para despejar cualquier duda. Allí estaba.
El mar de ardora se estaba dando en O Roncudo. Al lado de mi casa.

No daba crédito.

Avisé a un pequeño grupo de amigos y nos desplazamos hasta el faro. Desde allí, el espectáculo era aún más evidente: múltiples rompientes se iluminaban de azul eléctrico en la oscuridad. El fenómeno no solo estaba presente, estaba vivo.

Aun así, no me conformé. Les propuse intentar algo más. Probar suerte en alguna playa cercana y repetir, quizá, la experiencia que habíamos vivido el verano anterior en Carnota. Probamos varias sin éxito. La noche avanzaba, el cansancio empezaba a pesar y ya estábamos de regreso a casa cuando, casi por impulso, tomé una última decisión: girar en el último momento hacia la playa da Ermida.

Eran las tres de la madrugada.

La playa da Ermida no suele ser un lugar agradecido para este tipo de fenómenos. Con el mar en calma apenas hay rompiente, y cuando la hay suele concentrarse en la orilla. Además, la contaminación lumínica del puerto de Corme dificulta cualquier observación. No era, ni mucho menos, el escenario ideal.

Una primera ola nos hizo dudar mientras nos acercábamos a la orilla. Nada claro.
Pero la segunda… la segunda no dejó lugar a dudas.

Mis amigos aún no lo habían visto, pero yo sí. Y lo tuve claro al instante.
Había mar de ardora.

Empecé a desprenderme de la ropa ante la mirada atónita del resto. Cuando me vieron entrar en el agua, vinieron detrás, y entonces todo se desató. Cada movimiento encendía el mar bajo nuestros cuerpos. La orilla brillaba. El agua respondía. La noche se volvió irreal.

No me lo creía.

Estábamos bañándonos en el mar de ardora a las tres de la madrugada, en mi pueblo natal, a pocos minutos de casa.
Un regalo difícil de asimilar.
Un momento imposible de olvidar.

Y, sin saberlo todavía, el inicio del año que lo cambiaría todo.

Mar de ardora y Vía Láctea en la playa de A Ermida (Corme, Costa da Morte, Galicia) con bañistas en el agua y bioluminiscencia en las olas

Aquella fue solo la primera noche de muchas.
Aún no era consciente de que los cinco días vividos el año anterior en Carnota iban a quedar completamente eclipsados por lo que estaba a punto de suceder en el verano de 2021.

Las noches siguientes continuamos acercándonos a la playa da Ermida, a la playa do Osmo y a A Furna. Al principio éramos los mismos de siempre, pero poco a poco comenzaron a sumarse vecinos de la zona. Cada noche éramos algunos más. La voz empezó a correr. El fenómeno estaba ahí… y se sabía.

Y, de repente, como había llegado, desapareció.
Durante varias noches no quedó ni rastro del mar de ardora. Nada. Aquello nos devolvió a la realidad: no había control, no había garantías, no había forma de forzarlo. Solo quedaba esperar.

Unos días más tarde volvió a aparecer, esta vez en Rebordelo, Area das Vacas y en Balarés. Y a partir de ese momento algo cambió. El fenómeno comenzó a intensificarse poco a poco. Se mostraba cada vez más concentrado, más brillante, más extendido. Ya no era puntual ni localizado. Empezaba a manifestarse en muchas más zonas de nuestra costa.

Fue entonces cuando todo explotó.

El mar de ardora se viralizó en redes sociales y miles de personas comenzaron a desplazarse cada noche hasta las playas. Los mensajes se multiplicaron. Cientos cada día. Instagram se convirtió en una avalancha constante de preguntas, horarios, ubicaciones, dudas. Intentaba responder a todo, pero pronto se volvió imposible. Llegó un punto en el que la gente empezó incluso a escribir a mis amigos, porque contactar conmigo se había vuelto complicado.

Dos personas bañándose en el mar de ardora en Area das Vacas, Cabana de Bergantiños, con olas bioluminiscentes iluminando el agua en la Costa da Morte, Galicia

Mientras tanto, seguíamos documentándolo sin parar.
Hubo una mañana, a principios de agosto, que bajé de casa y, nada más pisar la calle, percibí un olor a mar intensísimo. Un olor denso, muy característico, que no acababa de encajarme. No era el olor habitual del mar tras un temporal ni el de las algas en la orilla. Era otra cosa.

Al acercarme al paseo marítimo lo entendí todo. El agua presentaba un tono marrón uniforme, espeso, casi irreal. Una marea roja enorme se había generado en la ría. Aquel olor provenía directamente del agua. En ese momento no tenía aún conocimientos suficientes para identificar el organismo responsable, pero con el tiempo comprendí que se trataba principalmente de Alexandrium tamarense, uno de los dinoflagelados responsables del mar de ardora en nuestra costa. Aun así, al bañarnos también era evidente la presencia de Noctiluca scintillans, igual que había ocurrido en julio. El fenómeno no era simple ni único: convivían especies, condiciones y momentos distintos dentro de un mismo verano extraordinario.

Aquel verano no solo lo vivimos: lo documentamos de forma constante.
Fuimos los primeros en documentar el mar de ardora en Galicia, y además lo hicimos de forma continuada. No se trató de una noche aislada ni de una casualidad puntual, sino de un seguimiento casi diario del fenómeno en múltiples localizaciones.

Los primeros registros comenzaron a circular en medios como Que Pasa na Costa, GCiencia y posteriormente en la Televisión de Galicia. Esa difusión mediática, unida al poder de las redes sociales, hizo que el fenómeno se expandiera como nunca antes. El mar de ardora dejó de ser algo que “alguna vez se vio” para convertirse en un acontecimiento que miles de personas querían comprender, presenciar y vivir.

La última noche llegó el 6 de septiembre de 2021.
Como si el verano se negara a marcharse en silencio.

El mar de ardora volvió a aparecer una vez más, pero aquella noche no estaba solo. Una gran tormenta eléctrica se formaba en el horizonte. Relámpagos iluminaban el cielo mientras el mar respondía abajo con destellos azules, como si ambos fenómenos dialogasen por última vez antes del final. El cielo rugía. El océano ardía. Y nosotros lo vivíamos desde el Faro Roncudo.

Era el cierre perfecto.
No solo de una temporada, sino de un capítulo vital.

Aquel verano entendí que el mar de ardora no era únicamente un fenómeno natural extraordinario, sino algo capaz de unir ciencia, emoción, riesgo, belleza y comunidad. Algo que había pasado de ser una casualidad captada por una cámara a convertirse en un relato compartido por miles de personas. Algo que me había cambiado la forma de mirar el mar… y de mirarme a mí mismo.

Cuando la tormenta se impuso definitivamente y el azul desapareció bajo las olas, supe que aquel año no se repetiría jamás. Que había sido testigo —y narrador— de algo irrepetible. No porque yo lo hubiese provocado, sino porque estuve allí, noche tras noche, observando, documentando y compartiendo lo que el mar decidía ofrecer.

El verano de 2021 marcó un antes y un después.
Para el mar de ardora en Galicia.
Y para mí.

Persona sentada sobre una roca observando el mar de ardora en la playa de Balares (Ponteceso, Costa da Morte, Galicia)

2022

Después del verano de 2021, cualquier expectativa era imposible de sostener.
Había sido un año desbordado, intenso, casi irreal. Y quizá por eso, 2022 llegó con una lección clara desde el primer momento: el mar de ardora no responde a la memoria, ni a la fama, ni a las ganas de repetir.

Durante gran parte del año y del verano, el fenómeno simplemente no apareció. Las noches pasaban una tras otra sin rastro de bioluminiscencia. Las condiciones parecían favorables en algunos momentos, pero el mar permanecía oscuro, silencioso, ajeno a todo lo vivido el año anterior.

Fue un año de espera.

Sin embargo, hubo un episodio que rompió ese silencio.

Mar de ardora en distintas rompientes en el Faro Roncudo (Corme, Costa da Morte, Galicia) bajo cielo estrellado

El 18 de mayo, después de comer, fui a dar un paseo hasta el faro de O Roncudo, como tantas otras veces. Al llegar a la altura del faro, me golpeó un olor muy concreto, intenso, inconfundible. Un olor que reconocí al instante. Era el mismo que había percibido meses antes, en agosto, durante la gran marea roja en la ría de Corme e Laxe.

Aquel olor no era casual.

Esa misma noche decidí volver, cámara en mano, para probar suerte. Lo había comentado con una amiga por la tarde entre risas, ya que en el fondo algo me decía que mi cabeza quería cazar el mar de ardora por encima de sus posibilidades, y aun por encima, a mediados de mayo, sin ningún registro anterior documentado en esta zona en esas fechas. No había avisos, no había redes ardiendo, no había expectativas. Solo intuición, experiencia acumulada y unas ganas desmedidas de volver a toparme con el mar ardiendo. Y el mar respondió. El mar de ardora apareció con claridad, y pudimos documentarlo de pleno. De aquella noche existen imágenes que hoy forman parte de esta web (la anterior y la siguiente) como testimonio de que incluso en los años más silenciosos, el fenómeno sigue ahí para quien sabe escucharlo.

Mar de ardora con el Faro Roncudo iluminando la costa en Corme (Costa da Morte, Galicia)

2023

El año 2023 comenzó antes de lo esperado.

En la noche del 1 al 2 de junio, captamos el mar de ardora en la playa de Rebordelo. No fue fruto de una certeza ni de un aviso claro: simplemente íbamos probando suerte en distintos puntos de la costa, como tantas otras veces, desplazándonos sin una localización fija.

Y esa noche, apareció.

El fenómeno fue intermitente, irregular, sin una continuidad clara, pero lo suficientemente evidente como para confirmar que el mar de ardora había regresado. Durante los días siguientes, hasta el 10 de junio, pudimos seguir viéndolo en distintos momentos y localizaciones, tanto en Rebordelo como en Corme en la playa de A Ermida.

No fue un episodio masivo ni encadenado como en otros años, pero sí lo bastante consistente como para permitir algo especial:
disfrutarlo con calma y en intimidad.

Gracias a nuestro amigo Marcos Lois, de Galifornia, pudimos hacer paddle surf sobre el mar de ardora, una experiencia única que vivimos con un grupo reducido de amigos, sin prisas, sin ruido y lejos de multitudes. Momentos así no necesitan ser espectaculares para quedarse grabados.

Tras documentarlo y publicarlo, varios medios volvieron a hacerse eco del fenómeno, entre ellos Que Pasa na Costa y GCiencia. Un año más —y ya era el tercero consecutivo— fuimos los primeros en contarlo.

El mar de ardora había vuelto.
Y, una vez más, estábamos allí.

Tras aquel inicio de junio, el verano avanzó con incertidumbre. El mar de ardora ya no se mostraba con facilidad y, para volver a encontrarlo, era necesario explorar nuevas formas de acercarse a él.

La noche del 6 al 7 de julio, salimos a probar suerte en embarcación junto a mi amigo David Trillo, de Taximar Robinson da Lobeira. Recorrimos toda la ría de Corcubión, sin resultados en cuanto a ardora, pero viviendo una experiencia que marcaría ese verano.

Por primera vez pude pisar la isla Lobeira, tanto de noche —con luna llena— como de día, tras el amanecer. Vimos salir el sol por el faro de Fisterra, visitamos la formación rocosa conocida como O Centolo, avistamos delfines y recorrimos un mar salvaje y abierto. Aquella noche no hubo bioluminiscencia, pero dejó claro que incluso cuando el fenómeno no aparece, el mar sigue regalando momentos extraordinarios.

La noche del 6 al 7 de agosto, regresé a Carnota, esta vez acompañado por quien entonces era una amiga y hoy es mi pareja. Pasamos un rato mágico juntos, sentados en la arena, y allí, de forma muy tenue, volvimos a percibir el fenómeno. No fue una noche intensa, pero sí íntima y significativa.

La verdadera noche llegó del 7 al 8 de agosto.

De nuevo a bordo del Taximar, junto a David Trillo, emprendimos una de las rutas más espectaculares de todo el año. Captamos la Vía Láctea desde la isla Lobeira, vimos salir la luna por el Monte Lindo, y navegamos por distintos puntos de la costa como Gures, el faro Carrumeiro Chico y zonas abiertas al océano.

Aquella noche, además, escuchamos ballenas, mientras el mar de ardora nos acompañaba durante buena parte del recorrido. El fenómeno se mostró de formas muy distintas:
en Cabo da Nasa y cerca de Estorde, aparecía con una textura más granulada, lo que nos hacía pensar en una combinación de Noctiluca scintillans con Alexandrium tamarense;
mientras que en la ría de Cee se presentaba totalmente disuelto, evidenciando la ausencia de noctiluca.

Fue una noche larga, intensa y difícil de asimilar.

Sin apenas dormir, la mañana del 8 de agosto acudí directamente a una entrevista en la TVG, todavía con la adrenalina de la noche anterior. A partir de ese momento, el fenómeno volvió a ocupar titulares y pantallas, y mucha más gente comenzó a concentrarse en las playas para intentar contemplarlo. Una vez más, regresaron las avalanchas de mensajes en redes sociales, imposibles de atender uno a uno.

La noche siguiente, volvimos a Carnota, esta vez por tierra. Llegamos nada más anochecer y ya en las primeras olas se intuía que iba a ser un espectáculo. Aquella noche nos bañamos durante horas en un mar de ardora intensísimo, con una combinación muy marcada de Alexandrium tamarense y Noctiluca scintillans.

Al día siguiente regresamos de nuevo para contemplarlo desde la arena. Hacía frío y no nos bañamos como la noche anterior, pero la escena seguía siendo hipnótica.

Esa misma noche, David Trillo volvió con el Taximar a la zona de Estorde y lo encontró especialmente intenso. Tras su aviso, la noche siguiente nos desplazamos allí para probar suerte.

Estuvimos varias horas y el resultado fue excepcional. Aquella noche conseguí una de las imágenes más potentes de todo el año: el mar de ardora rompiendo en las rocas en primer plano, con la Vía Láctea y el faro de Fisterra al fondo, una fotografía que se hizo viral.

Mar de ardora con la Vía Láctea y el Faro de Fisterra al fondo desde Estorde (Cee, Costa da Morte, Galicia)

Ese fue el último día que pude disfrutar del mar de ardora en 2023.

Pero fue un gran año.
Un año vivido sin certezas, en el que el fenómeno se dejó ver en distintos meses, en distintas zonas y bajo condiciones muy diferentes, obligando a leer el mar una y otra vez, sin fórmulas fijas.

2023 confirmó algo esencial:
el mar de ardora no se repite, no se programa y no responde a expectativas.
Cada aparición es única, y cada noche exige atención, paciencia y respeto.

Fue un verano para entender que el verdadero valor del fenómeno no está solo en su intensidad, sino en saber reconocerlo cuando aparece… y en aceptar, con la misma serenidad, cuando decide desaparecer.

Mar de ardora en la playa de Estorde (Cee, Costa da Morte, Galicia) en una noche nublada

2024

El mar de ardora en 2024 comenzamos a verlo el fin de semana del 10 de junio.

Durante varios días se habían registrado episodios del fenómeno en distintos puntos de la costa, pero no siempre es posible reaccionar de inmediato. Aquellos días coincidieron con compromisos de trabajo y actuaciones como DJ que me impidieron acercarme antes. El mar de ardora estaba ocurriendo… y yo no podía estar allí.

En cuanto tuve la oportunidad, me acerqué a la costa para probar suerte.

Las dos primeras playas a las que nos desplazamos no mostraban mar de ardora a simple vista. Sin embargo, desde el primer momento había algo inconfundible:
un olor intenso a mar, muy característico, el mismo que había percibido en otras ocasiones en las que el fenómeno estaba activo. Un olor que no deja lugar a dudas y que suele indicar que algo está ocurriendo, ya sea mar de ardora o una marea roja asociada a los organismos que lo provocan.

Ese olor estaba ahí, persistente, aunque el mar permaneciera aparentemente oscuro.

Guiándonos por esa señal y observando la dirección del viento, decidimos cambiar de zona y desplazarnos más hacia el norte, hacia la playa de Perbes, desde donde parecía proceder tanto el viento como ese olor tan reconocible.

Y fue allí donde lo encontramos.

En la playa de Perbes, el mar de ardora apareció con claridad. Pudimos documentarlo y disfrutarlo hasta bien entrada la madrugada, sin prisas y sin presión. Aquella noche éramos solo tres personas, lo que nos permitió vivir la experiencia de una forma íntima y tranquila, lejos de aglomeraciones y miradas ajenas.

Para una de las personas que nos acompañaba, además, era la primera vez que veía el mar de ardora, lo que hizo el momento todavía más especial.

Hubo material abundante, tanto en fotografía como en vídeo. El fenómeno se mostró de forma clara, permitiendo observarlo con calma, documentarlo y volver a conectar con esa sensación que solo aparece cuando el mar decide revelarse en silencio.

No fue una noche encadenada a muchas otras, pero sí una de esas noches que recuerdan que el mar de ardora no siempre se ve…
y que, cuando aparece, hay que saber leerlo, esperar y escuchar.

Mar de ardora en la playa de Perbes (Miño, Galicia) con una persona observando la bioluminiscencia

Después de aquel primer encuentro en Perbes, el verano de 2024 comenzó a moverse de verdad a finales de julio.

La siguiente aparición llegó en la noche del 30 al 31 de julio, cuando volvimos a encontrar el mar de ardora en Rebordelo. No fue una noche aislada ni anecdótica: fue la confirmación de que el fenómeno empezaba a ganar presencia y que el verano todavía tenía mucho que ofrecer.

Mar de ardora con la Vía Láctea y el faro de Fisterra al fondo desde la playa de Estorde en la Costa da Morte

A partir de ese momento, el ritmo cambió.

La noche del 3 al 4 de agosto salimos de nuevo en el Taximar, y lo que vivimos aquella noche fue impresionante. El mar de ardora se mostró con una intensidad y una continuidad que no habíamos visto en semanas anteriores. Durante la travesía, el fenómeno nos acompañó durante buena parte del recorrido, envolviendo el mar y marcando cada estela de la embarcación. Fue una de esas noches largas y profundas, difíciles de explicar con palabras, en las que el tiempo parece diluirse sobre el agua.

La noche siguiente, del 4 al 5 de agosto, el fenómeno volvió a aparecer con fuerza, esta vez desde tierra. Lo vimos en varias playas, entre ellas Estorde y Carnota, y a partir de ese momento el mar de ardora comenzó a mostrarse con una continuidad clara.

Durante esos días volvimos varias veces a las playas. El fenómeno se veía realmente bien y, como en otros años, nos bañamos en él, lo disfrutamos sin prisas y compartimos noches largas entre el agua y la arena, tanto en Carnota como en Estorde. Fueron jornadas intensas, repetidas, vividas con plenitud, aprovechando cada oportunidad que el mar ofrecía.

Pero en medio de ese momento tan fértil llegó el golpe más duro del verano.

En uno de esos días perdí la tarjeta de memoria. Con ella desapareció la mayor parte del contenido de 2024: vídeos, secuencias y material de una calidad brutal que ya no pude recuperar. Gran parte de lo vivido quedó sin registro, borrado de golpe, como si nunca hubiera existido.

La sensación fue devastadora.
No solo por el trabajo perdido, sino por todo lo que esas imágenes representaban: noches repetidas, esfuerzo, aprendizaje y momentos irrepetibles que ya no podrían volver a mostrarse.

Aun así, el verano continuó.
Seguimos viéndolo y disfrutándolo siempre que aparecía, conscientes de que aquel año quedaría marcado no tanto por lo que se pudo enseñar, sino por lo que solo quedó en la memoria.

2024 fue así.
Un verano en el que el mar de ardora se mostró con fuerza, continuidad y belleza…
pero que terminó recordándome, de la forma más dura, que no todo puede guardarse, ni siquiera cuando uno cree estar preparado.

2025

Estábamos ya a mediados de mayo.
Llevábamos varias noches acercándonos a Rebordelo y a otras playas, probando suerte como tantas veces antes. Sin resultados. No había mar de ardora, no había olor, no había señales. Nada.

Por primera vez en semanas empezó a aparecer la duda real:
quizá este año no volvería.
Quizá el mar de ardora decidiría guardar silencio otra vez.

Hasta que el 19 de mayo, algo cambió.

Un amigo mío vio en redes sociales cómo otro conocido —pescador habitual en la ría de Sada— había navegado la noche anterior sobre mar de ardora en esa zona. No era un aviso público, ni un titular. Era una pista pequeña, casi discreta, pero suficiente.

Así que, del 19 al 20 de mayo, cogimos el equipo y nos desplazamos de nuevo hacia la zona de Miño, Sada, Gandarío… a probar suerte.

El primer intento fue en Perbes, donde lo habíamos encontrado el año anterior. Esta vez, el olor estaba ahí. Ese olor inconfundible que no deja lugar a dudas. Pero, aun así, no llegábamos a verlo en esa playa por ningún sitio.

Seguimos moviéndonos.

En la playa de Miño lo encontramos por fin. Desde la orilla, en la zona derecha de la playa, junto a la desembocadura del río. No había grandes olas, pero sí las suficientes. Olas pequeñas, constantes, con una gran concentración de dinoflagelados, que permitían observar el fenómeno con claridad.

Después de documentarlo allí durante un tiempo, nos desplazamos a Gandarío, otra playa cercana. El mar estaba prácticamente como un plato. Apenas había rompiente. Aun así, nos metimos en el agua y comprobamos que el mar de ardora estaba completamente activo también en esa zona.

Estuvimos documentándolo durante varias horas aquella noche.

Para mí fue un momento especialmente significativo. Llevaba días con la sensación de que tenía que estar ocurriendo algo en algún punto de la costa, pero no lograba encontrarlo. La frustración empezaba a pesar. Y, casi por casualidad —o quizá no—, acabamos encontrándolo.

Ahí dimos por estrenada oficialmente la temporada.

Aquella noche llevaba conmigo el nuevo equipo. La cámara, los objetivos y el estabilizador que había comprado tras meses de ahorro. Y por primera vez pude grabar el mar de ardora como siempre había querido hacerlo.

Durante años había visto el trabajo de creadores como Patrick Coyne y otros referentes internacionales en bioluminiscencia marina, y sentía cierta rabia al saber que, teniendo la oportunidad de vivir este fenómeno prácticamente todos los años, no podía alcanzar ese nivel técnico.

Esa noche, eso cambió.

El material que empecé a obtener estaba, bajo mi punto de vista, varios escalones por encima de lo que se había hecho hasta ese momento en Galicia. Y sin ser del todo consciente aún, aquel fue el inicio de un verano en el que el mar de ardora no solo volvió…

sino que sería documentado de una forma excepcional.

Y todavía no sabía hasta qué punto todo aquello estaba a punto de estallar.

Y no tardó en hacerlo.

A partir de aquella primera noche en Miño y Gandarío, el verano quedó abierto. El mar de ardora había regresado, sí, pero lo hacía a su manera: sin avisos claros, sin continuidad aparente, obligando una vez más a leer el mar noche tras noche. Durante semanas seguimos probando suerte en distintas playas, entre el trabajo y las obligaciones del día a día, sin lograr encontrar de nuevo un episodio claro.

Rebordelo, otras playas cercanas… nada.
Ni olor, ni rompiente luminosa, ni señales evidentes.

La duda empezó a instalarse de nuevo: quizá aquello había sido solo un arranque puntual. Quizá el verano no iba a dar mucho más de sí.

Hasta que, a finales de junio, decidimos volver a intentarlo una vez más.

La noche del 26 de junio, recien llegado de Suiza de realizar varias actuaciones musicales, regresamos a Rebordelo sin grandes expectativas. El mar mostraba indicios muy leves, probablemente asociados a Noctiluca scintillans, pero nada que hiciera presagiar lo que estaba a punto de suceder. A simple vista, la escena era discreta, contenida, casi anodina.

Sin embargo, la cámara volvió a ver más.

Mientras documentábamos el mar, algo empezó a aparecer en el cielo. No fue inmediato ni evidente al ojo humano. Fue el sensor el que lo reveló: un resplandor rojo intenso, estructurado, extendiéndose sobre el horizonte, elevándose claramente por encima de la línea del mar y de las nubes bajas.

No era contaminación lumínica.
No era reflejo del sol —que se había puesto más de dos horas antes, a las 22:19—.
No era una nube iluminada ni un artefacto óptico.

El cielo estaba estrellado, y las estrellas seguían visibles a través de ese rojo profundo.

Al revisar los datos más tarde, todo encajaba con una precisión inquietante.

Eran aproximadamente las 00:40 en Galicia.
El índice Kp había alcanzado valores de 5+, suficientes para actividad auroral detectable en latitudes medias mediante cámara.
El viento solar superaba los 500 km/s, con un campo magnético interplanetario activo y periodos largos de Bz negativo, condiciones conocidas por favorecer emisiones aurorales rojas difusas.
La dirección del resplandor, ligeramente girada hacia el norte y noroeste, coincidía con la geometría esperable del óvalo auroral visto desde Galicia.

Lo que la cámara estaba registrando no era tenue. El rojo era potente, continuo, con capas bien definidas. Una firma clara de emisión en alta atmósfera, compatible con aurora roja muy débil en latitudes medias o un evento de tipo SAR, invisible a simple vista pero plenamente real.

Y bajo ese cielo, el mar respondió.

Cada ola rompía en azul eléctrico.
El mar de ardora estaba ahí, vivo, activo, dialogando con el cielo.

Por primera vez —hasta donde alcanza el conocimiento documentado— una aurora auroral, captada en vídeo (no en timelapse), coincidía en tiempo y espacio con el mar de ardora, dos fenómenos completamente distintos, uno nacido en el Sol y otro en el océano, encontrándose en una misma escena.

No fue un instante aislado.
Fue una convergencia.

Mientras el cielo ardía en rojo silencioso, el mar lo hacía en azul. Dos escalas del universo superpuestas: la alta atmósfera y el fitoplancton, el viento solar y los dinoflagelados, el cielo y el agua respondiendo a estímulos distintos pero sincronizados en el tiempo.

Aquella noche no solo documentamos un fenómeno excepcional.
Documentamos un límite.

El límite de lo que puede verse a simple vista.
El límite de lo que suele considerarse posible en Galicia.
Y el punto exacto en el que la tecnología, la experiencia y la insistencia permiten revelar lo invisible.

No lo sabíamos aún, pero esa grabación marcaría un antes y un después.
No solo por el impacto visual, sino por lo que representaba:
que el mar y el cielo, en condiciones extremas y rarísimas, pueden arder juntos.

Después de la noche de Rebordelo, el verano continuó avanzando con la misma incertidumbre que siempre acompaña al mar de ardora. Haber presenciado algo tan extraordinario no significaba que el fenómeno fuese a repetirse con facilidad. De hecho, con el mar de ardora suele ocurrir justo lo contrario: cuanto más espectacular es un episodio, más imprevisible se vuelve lo que viene después.

Pasaron varias semanas sin grandes señales.

Hasta que el 14 de julio de 2025, surgió una oportunidad distinta. Esta vez no sería desde la orilla.

Nuestro amigo David Trillo, patrón del taxi marítimo, nos invitó a salir con él a probar suerte mar adentro. La idea era sencilla: alejarnos de la costa y comprobar si el fenómeno podía aparecer en zonas donde las condiciones del agua fuesen diferentes.

Subimos a bordo con el equipo preparado, con la misma mezcla de expectación y cautela que acompaña siempre estas salidas. El mar estaba tranquilo y la noche acompañaba, pero el mar de ardora, una vez más, decidió mostrarse con discreción.

Durante buena parte de la travesía apenas hubo señales claras.
El agua permanecía oscura, sin esas explosiones de luz azul que habíamos visto otras veces rompiendo en la orilla.

Sin embargo, en algunos momentos concretos, al mover el agua o al paso de la embarcación, aparecieron pequeños destellos. No era un episodio intenso, ni mucho menos comparable a otras noches, pero sí lo suficiente como para confirmar que el fenómeno estaba presente, aunque de forma muy tenue.

Aquella salida no fue una de las grandes noches del verano.

Pero sí fue una experiencia distinta.

Ver el mar de ardora desde el propio mar, lejos de la costa, cambia completamente la percepción del fenómeno. No hay rompiente, no hay espuma iluminándose en la playa. Solo el agua oscura y, de vez en cuando, pequeñas chispas azules apareciendo bajo la superficie, como si el océano respirase luz.

Aquella noche no nos llevamos las imágenes más espectaculares del año, pero sí algo igual de valioso: otra pieza más del puzzle que es el mar de ardora.

Porque si algo enseña este fenómeno es que no todas las noches están hechas para deslumbrar. Algunas están hechas simplemente para recordar que el mar sigue vivo, esperando el momento adecuado para volver a encenderse.

Y el verano de 2025 todavía tenía mucho que decir.

El siguiente encuentro con el mar de ardora llegó el sábado 26 de julio de 2025.

La noche anterior, un amigo se había acercado a comprobar si el fenómeno había regresado a la zona de Carnota. Todo apuntaba a que algo empezaba a moverse en el agua, pero aquella noche yo no podía acercarme. Tenía actuación como DJ en Louro con la discoteca móvil, y el trabajo mandaba.

Aun así, la curiosidad era demasiado grande.

Tras terminar el primer pase de la sesión, y aprovechando el descanso entre actuaciones, decidí hacer lo que tantas veces había hecho en veranos anteriores: subir al coche y acercarme rápidamente hasta la playa de Carnota para comprobar con mis propios ojos si el mar de ardora estaba despertando de nuevo.

Cuando llegué a la playa, el espectáculo aún estaba en una fase temprana.

Las olas comenzaban a mostrar pequeños destellos azules al romper en la orilla. No era todavía una de esas noches en las que el mar parece arder por completo, pero sí lo suficiente como para reconocer la señal.

El fenómeno estaba empezando a intensificarse.

Comparado con la última vez que lo habíamos visto desde el Taximar Robinson da Lobeira, aquella noche ya mostraba más presencia. Los destellos eran más claros, más constantes, y la sensación era inequívoca: el mar de ardora estaba ganando fuerza poco a poco.

No era aún una de las grandes noches del verano.

Pero sí una de esas noches que quienes llevamos años siguiéndolo sabemos interpretar bien.

Porque cuando el mar empieza a encenderse de esa forma, suele ser solo el principio.

Y todo indicaba que lo mejor estaba todavía por llegar.

La noche siguiente volvimos a la playa de Carnota.

Después de lo que habíamos visto el 26 de julio, todo indicaba que el fenómeno estaba empezando a intensificarse, y queríamos comprobar si aquella primera señal había sido solo un destello puntual… o el comienzo de algo mayor.

Nada más llegar, la diferencia era evidente.

El mar se había levantado ligeramente respecto a la noche anterior, y con cada ola que rompía en la orilla aparecían destellos azules mucho más claros. La bioluminiscencia ya no era algo tímido o intermitente: la intensidad se había multiplicado.

Recorrimos distintos puntos de la playa durante gran parte de la noche, observando cómo el fenómeno se manifestaba a lo largo de la inmensa extensión de arena de Carnota.

Las olas comenzaban a dibujar líneas de luz azul en la oscuridad, cada vez más constantes, cada vez más visibles. No era aún el punto máximo del verano, pero sí una señal inequívoca de que el mar de ardora estaba ganando fuerza rápidamente.

Aquella noche ya no había dudas.

Lo que habíamos visto el día anterior no era un episodio aislado.

Era el inicio de algo que iba claramente a más.

Y quienes llevamos años siguiendo este fenómeno sabemos reconocer esos momentos: cuando el mar empieza a encenderse poco a poco, suele ser solo cuestión de tiempo que llegue una de esas noches que quedan grabadas para siempre.

Los días siguientes continuamos pendientes de la evolución del fenómeno.

Todo se mantenía en una línea muy similar: el fenómeno seguía presente, con buena intensidad, pero sin grandes cambios respecto al día anterior.

Parecía que el mar se mantenía estable.

Pero el verdadero punto de inflexión llegaría apenas unos días después.

La noche del 31 de julio, ya estaba en cama cuando recibí un aviso inesperado. Mis amigo Marcos López Alonso, que había bajado desde Ferrol con Fernando para comprobar la situación en Carnota, me escribió para decirme que el mar estaba completamente encendido.

No dudé demasiado. Y tampoco me dejaron hacerlo: Bajal, no lo pienses dos veces, coge el coche y vente ya –  me decía Fernando.

A las dos de la madrugada me levanté de cama, cogí el coche y puse rumbo a la playa de Carnota.

Bendito momento en el que tomé aquella decisión.

Nada más llegar comprendí que estaba ante uno de los episodios de mar de ardora más intensos que había presenciado nunca.

El mar parecía completamente iluminado. Cada ola que rompía en la orilla dejaba tras de sí una estela azul intensísima, y el agua respondía a cualquier movimiento con una luz espectacular.

Aquella noche, además, se daba una combinación muy particular de condiciones.

Soplaba viento del norte, algo molesto por momentos y que traía consigo una sensación de frío, pero al mismo tiempo ese viento generaba un ligero picado en la superficie del mar. Las pequeñas olas y crestas que se formaban constantemente hacían que el agua rompiese con mayor facilidad.

Y con la enorme concentración de Alexandrium tamarense que había aquella noche, cada una de esas pequeñas crestas se iluminaba al romper.

El resultado era sencillamente impresionante.

A simple vista ya se percibía perfectamente el fenómeno, pero había algo que la cámara revelaba todavía con más claridad: utilizando teleobjetivos se podían observar kilómetros de superficie marina salpicada de pequeñas crestas luminosas.

Miles y miles de puntos de luz azul eléctrico apareciendo y desapareciendo al mismo tiempo sobre el mar.

Era una escena difícil de explicar con palabras.

Parecía como si la superficie del océano estuviera cubierta por un campo infinito de chispas azules que se encendían con cada movimiento del agua.

Nos metimos en el agua y pudimos observar algo que resultaba especialmente interesante: no había rastro visible de noctiluca.

A diferencia de otros episodios donde se distinguen claramente partículas brillantes flotando en el agua, aquella noche la bioluminiscencia era completamente homogénea. El mar parecía iluminado de forma continua, sin puntos individuales visibles.

Todo indicaba que la protagonista aquella noche era Alexandrium tamarense.

La intensidad era tal que en algunos momentos los tonos comenzaban incluso a rozar el verde, y en cámara llegaban a aparecer matices que se acercaban al amarillo. A simple vista esos tonos apenas se percibían más allá de ciertos destellos verdosos, pero la fuerza de la luz era sencillamente impresionante.

Aquella noche el mar de ardora estaba en uno de sus puntos más espectaculares.

Nos bañamos, grabamos vídeos increíbles y simplemente nos quedamos allí durante horas, contemplando un fenómeno que, incluso después de tantos años siguiéndolo, seguía siendo capaz de sorprendernos.

Fue una de esas noches que justifican todas las esperas, todas las dudas y todas las madrugadas.

Una de esas noches que recuerdan por qué merece la pena seguir persiguiendo este fenómeno verano tras verano.

El 1 de agosto de 2025 tenía una actuación como DJ en un pueblo a aproximadamente una hora de allí. Era el cierre de las fiestas y mi sesión estaba programada bastante tarde, de 5 a 6 de la madrugada, así que decidí aprovechar las primeras horas de la noche para volver a acercarme a la playa de Carnota con un amigo y comprobar cómo evolucionaba el fenómeno.

Cuando llegamos, la situación era bastante distinta a la de la noche anterior.

El mar estaba tranquilo y, en un primer momento, apenas se percibía bioluminiscencia en las olas. Después del espectáculo del día anterior, parecía casi como si el fenómeno hubiese desaparecido.

Sin embargo, según fue avanzando la noche y la marea comenzó a bajar, empezaron a aparecer de nuevo los destellos azules en la orilla.

Aquello resultaba curioso, porque cambiaba por completo la dinámica que había observado en otros años. Por ejemplo, en 2020, en muchas ocasiones el mar de ardora se veía mejor en Carnota cuando la marea estaba alta. Sin embargo, durante aquellos días de 2025, sucedía justo lo contrario: cuanto más bajaba la marea, más visible se hacía el fenómeno.

Mientras esperábamos a que la intensidad aumentara un poco más, había otro factor que estaba condicionando bastante la observación: la luna.

Su luz iluminaba buena parte de la playa y dificultaba apreciar la bioluminiscencia con toda su intensidad. Así que decidimos hacer tiempo, esperando a que finalmente la luna comenzara a ponerse por el horizonte.

Y fue precisamente en ese momento cuando ocurrió algo inesperado.

Mientras la luna descendía lentamente hacia el horizonte y el mar de ardora comenzaba a hacerse cada vez más visible en la orilla, se produjo una combinación visual realmente especial: la puesta de luna coincidiendo con las olas iluminándose en azul en la playa de Carnota.

Aproveché ese momento para grabar uno de los vídeos más especiales de aquel verano.

La escena era difícil de describir: la luna desapareciendo lentamente en el horizonte mientras el mar respondía a cada ola con destellos azules intensos. Una mezcla entre luz natural y bioluminiscencia que creaba una atmósfera única.

Aquel vídeo terminaría convirtiéndose en uno de los más virales de todo el verano de 2025.

Y, una vez más, demostraba algo que el mar de ardora parece repetir una y otra vez: a veces los momentos más espectaculares no llegan cuando todo parece perfecto, sino cuando las condiciones se alinean de una forma inesperada.

Después de aquellas noches intensas de finales de julio y comienzos de agosto, la realidad volvió a imponerse.

Durante los primeros días de agosto nos resultó completamente imposible seguir el rastro del fenómeno. En esos días se produjeron varios incendios muy graves en la zona cercana a nuestra casa, una situación que cambió por completo nuestras prioridades.

En uno de aquellos incendios incluso tuvimos que desalojar nuestra vivienda y pasar la noche en casa de mis padres, ante el riesgo de que el fuego se acercara demasiado. Como muchos otros vecinos de la zona, también salimos a colaborar en las labores para intentar contener las llamas.

Aquellas noches no estábamos pendientes del mar.

Estábamos pendientes de algo mucho más urgente: que el fuego no llegara a nuestras casas.

Cuando todo aquello pasó, el cansancio acumulado era enorme. Entre el estrés de aquellos días y la carga de trabajo habitual del verano, simplemente no teníamos fuerzas ni tiempo para volver a salir cada noche a comprobar si el mar de ardora seguía activo.

Pasaron varios días sin poder seguirle el rastro.

No fue hasta el 18 de agosto de 2025 cuando por fin conseguimos encontrar un hueco para volver a salir a mirar las playas.

La primera parada fue Rebordelo, una de las playas donde tantas veces habíamos podido observar el fenómeno en años anteriores. Allí pudimos comprobar que el mar de ardora también estaba presente en nuestra ría, aunque con una intensidad bastante menor que la que habíamos vivido semanas antes en Carnota.

Sin embargo, aquella noche en Rebordelo ocurrió algo que ilustra muy bien lo complicado que puede llegar a ser detectar el fenómeno.

Durante varias horas estuvimos observando el mar y grabando distintos momentos. En el vídeo que acompaña este capítulo se puede ver un recopilatorio de varias horas de observación, en el que aparecen algunas olas iluminadas. El problema era que esas olas no llegaban a romper con ardora en la orilla.

El mar de ardora estaba allí, en el medio del mar, pero al no concentrarse en la rompiente de la orilla resultaba extremadamente difícil percibirlo a simple vista.

Apenas en algunos momentos se intuían destellos en ciertas crestas antes de deshacerse en el agua.

Es un buen ejemplo de algo que ocurre muchas veces con este fenómeno: no siempre es fácil detectarlo. Incluso cuando aparentemente no hay mar de ardora, puede estar presente más allá de la rompiente, invisible para la mayoría de las personas si no se dan las condiciones adecuadas.

Aquella noche no llegamos a meternos en el agua en Rebordelo debido a la marea y a los peligrosos escalones que tiene esta playa en estas situaciones.

Decidimos continuar la búsqueda y, ya bien entrada la madrugada, cerca de las tres de la mañana, nos acercamos a la playa de A Ermida, muy cerca de casa.

Fue allí donde decidimos meternos en el agua.

Enseguida pudimos comprobar que aquel episodio tenía características diferentes a lo que habíamos visto en la ría de Corcubión durante las semanas anteriores. Mientras que en Carnota la bioluminiscencia parecía estar dominada casi exclusivamente por Alexandrium tamarense, aquella noche en nuestra ría aparecía claramente Noctiluca scintillans.

En el agua se podían distinguir perfectamente las partículas luminosas flotando y respondiendo al movimiento, algo que en Carnota apenas habíamos observado durante los episodios más intensos de ese verano.

La intensidad era menor, pero el fenómeno seguía siendo igual de mágico.

Bañarse en el mar de ardora a pocos metros de casa, en una playa tan familiar como A Ermida, siempre tiene algo especial. Es una forma distinta de vivir el fenómeno, más tranquila, más cercana, casi íntima.

Aquella noche nos recordó que, aunque cada zona del litoral puede mostrar el mar de ardora de una forma diferente, el fenómeno sigue siendo el mismo: una de las experiencias naturales más sorprendentes que puede ofrecer el océano.

El verano de 2025 estaba siendo especialmente intenso.

En esencia seguíamos haciendo el mismo trabajo de siempre: salir por las noches, recorrer playas, observar el mar y documentar el fenómeno cada vez que aparecía. Sin embargo, había una diferencia importante respecto a años anteriores.

Ese verano habíamos dado un salto importante a nivel técnico. El nuevo equipo y la experiencia acumulada durante tantos años permitían capturar el mar de ardora con una calidad muy superior, y los vídeos comenzaron a viralizarse con mucha fuerza en redes sociales. Algunos incluso llegaron a aparecer en medios de comunicación y en televisión.

Como ocurría cada verano, el interés de la gente por el fenómeno volvió a crecer. Pero esta vez lo hizo aún con más intensidad.

Los mensajes privados comenzaron a multiplicarse.

Cada día llegaban decenas —a veces cientos— de personas preguntando cómo podían ver el mar de ardora, dónde estaba apareciendo o cuándo era el mejor momento para acercarse a las playas. La situación llegó a un punto en el que me resultaba completamente imposible responder a todo el mundo.

Muchos incluso empezaron a escribir también a mis amigos, intentando encontrar alguna pista sobre dónde podría aparecer el fenómeno.

Fue entonces cuando decidí hacer algo que durante años mucha gente me había pedido y a lo que siempre me había resistido: crear un sistema de avisos para informar cuando hubiese mar de ardora.

El 19 de agosto de 2025 nació así un pequeño experimento.

Por un lado creé un canal en Instagram para compartir avisos y actualizaciones sobre el fenómeno. Y al mismo tiempo abrí un grupo de WhatsApp donde la idea era hacer lo mismo de forma más directa, con participación total de los usuarios del grupo.

Mi expectativa era muy modesta.

Pensaba que, con suerte, se unirían unas cincuenta personas. A pesar de la cantidad de mensajes que recibía cada verano, no creía que tanta gente estuviera realmente dispuesta a participar activamente en un grupo.

Pero lo que ocurrió superó cualquier previsión.

En cuestión de pocos días, el grupo empezó a crecer a una velocidad completamente inesperada. Lo que en un principio parecía que iba a ser un pequeño grupo de avisos terminó convirtiéndose rápidamente en algo mucho mayor.

En muy poco tiempo ya éramos más de 900 personas.

Aquella iniciativa improvisada acababa de dar lugar a algo que con el tiempo se consolidaría como una auténtica comunidad alrededor del mar de ardora: un grupo de personas interesadas en comprender el fenómeno, compartir información y ayudarse mutuamente para poder verlo cuando aparecía.

Hoy en día esa comunidad continúa creciendo, con más de 900 personas en WhatsApp y más de 1000 en el canal de Instagram.

Lo que empezó como una forma de intentar responder a una avalancha de mensajes terminó convirtiéndose en uno de los proyectos más bonitos que han nacido alrededor del mar de ardora.

Y aquel 19 de agosto de 2025 marcó el inicio de todo.

A la noche siguiente, varias personas de la comunidad decidieron acercarse a algunas de las playas donde el mar de ardora había estado activo en días anteriores. Algunos fueron a la playa da Armado y otros a Rebordelo, con la esperanza de poder contemplar el fenómeno.

Pero el mar, una vez más, demostró lo imprevisible que puede ser.

De una noche para otra, el fenómeno había desaparecido de esas zonas.

Aun así, nosotros no queríamos quedarnos con la duda. Mi amigo José llevaba varias noches acercándose a comprobar si había señales de mar de ardora en la zona de Estorde, y aquella noche decidimos probar suerte allí.

Tras hablarlo entre varios amigos, terminamos juntándonos Carlos, Fernando —que había venido desde la zona de Ferrolterra—, el propio José —desde Cambados— y yo.

Todos con el mismo objetivo: ver si el mar volvía a encenderse en algún punto de la costa.

Nos dirigimos a la playa de Estorde, y allí, tras un rato observando el mar, pudimos comprobar que efectivamente sí había mar de ardora.

No era uno de los episodios más intensos del verano, pero sí lo suficiente como para apreciarlo con claridad en algunas zonas de la playa. Se trataba nuevamente de bioluminiscencia asociada a Alexandrium tamarense, con una luz homogénea que respondía al movimiento del agua.

Pasamos varias horas allí, caminando por la playa, observando las olas y documentando el fenómeno.

Y, como ya se había convertido en costumbre aquel verano, también terminamos metiéndonos en el agua para bañarnos en el mar de ardora, a pesar de que aquella noche el agua estaba especialmente fría.

No era la noche más espectacular del verano, pero sí una de esas noches que resumen bien lo que significa seguir este fenómeno: recorrer kilómetros de costa, probar suerte en distintos lugares y disfrutar cada momento en el que el mar decide mostrarse.

Al día siguiente volví a Estorde, pero esta vez lo hice solo.

Era una sensación extraña. Durante años casi siempre había vivido estas experiencias acompañado, compartiendo cada descubrimiento con amigos. Aquella noche, sin embargo, no coincidía con nadie de los que normalmente salíamos a buscar el mar de ardora.

Antes de salir hablé con algunas personas del grupo que habíamos creado días antes, y varios me dijeron que también intentarían acercarse a la playa. Gracias a eso, al llegar a Estorde, pude conocer por primera vez en persona a algunas de las personas de la comunidad, encontrándonos en medio de la oscuridad de la playa mientras observábamos el mar.

Aquello tenía algo especial.

Era la primera vez que aquella comunidad que había nacido apenas unos días antes empezaba a materializarse también en la arena de las playas, compartiendo el fenómeno en directo.

Pero esa noche también tenía algo diferente para mí.

Al haber ido solo, no tenía que adaptarme a horarios ni a los planes de nadie. Podía quedarme todo el tiempo que quisiera, recorrer la playa a mi ritmo y observar el mar con calma.

Y eso fue exactamente lo que hice.

Durante horas caminé de un lado a otro de la playa de Estorde, observando cómo se comportaba el fenómeno en distintos puntos. Fue entonces cuando descubrí algo que me llamó especialmente la atención en la parte izquierda de la playa.

En aquella zona se formaban corrientes muy fuertes, creando una especie de escalón en el fondo marino: pasabas de tener el agua a la altura de la cintura en la orilla, a encontrarte de repente con una zona donde el agua volvía a cubrir apenas los tobillos.

Las corrientes allí eran impresionantes.

Nunca había visto el agua moverse de esa forma en ese punto.

La concentración de Alexandrium tamarense era tan alta que incluso el simple movimiento de las corrientes hacía que el agua se iluminara suavemente por sí sola, sin necesidad de que rompieran olas.

El resultado era algo realmente fascinante: pequeñas olas y remolinos de luz moviéndose en distintas direcciones. En lugar de avanzar únicamente hacia la orilla, como suele ocurrir con el oleaje, el agua parecía dibujar patrones de luz cruzándose entre sí sobre la superficie del mar.

A simple vista ya resultaba espectacular, pero en cámara aquel efecto se apreciaba todavía mejor. El vídeo de esa noche muestra perfectamente cómo las corrientes del agua eran capaces de activar la bioluminiscencia constantemente, creando una escena hipnótica difícil de explicar con palabras.

Pasé allí horas dentro del agua, observando aquel fenómeno tan particular.

Hasta que, poco a poco, el frío empezó a imponerse.

La adrenalina y la emoción de lo que estaba viviendo habían hecho que durante mucho tiempo apenas lo notara, pero finalmente el cuerpo empezó a recordarme que llevaba demasiado tiempo en el agua.

Aquella noche terminó así, después de horas de observación, explorando la playa en solitario y disfrutando de uno de esos momentos que solo el mar de ardora puede regalar.

Al día siguiente decidí volver a Estorde, pero esta vez lo hice mucho más temprano.

La noche anterior había sido muy especial, recorriendo la playa durante horas y observando cómo las corrientes activaban la bioluminiscencia en el agua. Sin embargo, aquella vez la historia iba a ser diferente.

Cuando llegamos a la playa, la sorpresa fue enorme.

La comunidad que habíamos creado apenas unos días antes había crecido muchísimo más rápido de lo que imaginaba. Aquella noche había muchísimas personas del grupo repartidas por la playa, observando el fenómeno y compartiendo la experiencia.

Todo se había disparado.

Pero el verdadero motivo de volver a Estorde aquel día era otro.

Uno de los miembros del grupo me había avisado de algo que, sinceramente, sonaba casi imposible: iba a llevar un caballo para cabalgar sobre el mar de ardora.

En cuanto escuché la idea supe que no podía perderme algo así.

Así que cogimos el equipo y nos fuimos directamente hacia allí.

Y lo que ocurrió aquella noche fue algo difícil de olvidar.

El caballo comenzó a avanzar por el agua mientras cada movimiento de sus patas activaba la bioluminiscencia, iluminando el mar a su alrededor con intensos destellos azules.

La escena era surrealista.

Un caballo cabalgando en medio de la oscuridad mientras el mar se encendía bajo sus pasos.

Algo que, hasta donde sabemos, nunca se había documentado antes en ningún lugar del mundo.

Grabamos el momento y el vídeo no tardó en recorrer las redes sociales.

Siguiendo la línea del resto del contenido que habíamos estado publicando durante aquel verano, el vídeo se viralizó completamente, llegando incluso a aparecer en distintos medios de comunicación.

La propia Televisión de Galicia llegó a definirlo como uno de los vídeos del verano.

(Aquí se puede ver el fragmento emitido en TVG.)

Después de aquel momento tan inesperado, la noche todavía guardaba algo más.

Aproveché que las condiciones eran buenas para realizar algunas fotografías de la Vía Láctea sobre la playa de Estorde, combinando el cielo nocturno con las olas azules que rompían en la orilla.

Una mezcla que resumía perfectamente lo que había sido todo aquel verano:

el cielo, el mar… y un fenómeno natural que seguía sorprendiendo noche tras noche.

Aquella noche en Estorde, con el caballo cabalgando sobre el mar de ardora, terminó convirtiéndose en uno de los momentos más memorables de todo el verano de 2025.

Fue, en cierto modo, el último gran capítulo para mí de aquel verano.

El fenómeno siguió apareciendo durante algunos días más, pero yo ya no pude continuar siguiéndolo de cerca. Por asuntos familiares tuve que desplazarme lejos de la Costa da Morte, perdiéndome así las últimas noches de mar de ardora de aquel mes de agosto.

Un cambio brusco del tiempo y una gran marejada marcaron el final del mar de ardora ese agosto.

El mar comenzó a volverse más inestable y, como ya había ocurrido en otros años recientes, el fenómeno apenas resistió unos días más antes de desaparecer. Una vez más, el verano confirmaba una tendencia que ya se repetía en los últimos años: el mar de ardora podía ser espectacular durante un tiempo… pero también podía desaparecer casi de un día para otro.

Aun así, aquella vez lo viví de una forma diferente.

Aunque estaba a cientos de kilómetros de distancia, no dejé de estar al tanto de todo lo que ocurría. La comunidad que habíamos creado apenas unas semanas antes estaba más activa que nunca.

Cada noche aparecían fotos, vídeos, avisos, conversaciones y personas ayudándose unas a otras para intentar ver el fenómeno.

La colaboración entre los miembros del grupo era simplemente impresionante.

Lo que había comenzado como una pequeña idea para intentar responder a los mensajes que recibía cada verano se había transformado, casi sin darme cuenta, en una auténtica red de personas unidas por el mar de ardora.

Y eso, quizás, fue una de las cosas más bonitas que dejó aquel verano.

Porque más allá de las imágenes espectaculares, de los vídeos virales o de las noches inolvidables en la playa, el verano de 2025 demostró algo que nunca había sucedido antes con tanta fuerza:

Que el mar de ardora ya no era solo algo que perseguíamos unos pocos.

Ahora era una experiencia compartida por toda una comunidad.

Cuando el verano terminó y el mar de ardora desapareció tras aquel cambio brusco de tiempo a finales de agosto, todo parecía indicar que la temporada había llegado a su fin.

El otoño ya estaba encima y, como suele ocurrir cada año, las condiciones del mar comenzaban a cambiar. Las noches se volvían más frías, los temporales empezaban a aparecer con más frecuencia y las probabilidades de volver a ver el fenómeno disminuían considerablemente.

Pero aquel año aún nos guardaba sorpresas.

El 12 de octubre de 2025, aprovechando un periodo de relativa estabilidad en el mar, decidimos volver a probar suerte. No había demasiadas expectativas. A esas alturas del año, encontrar mar de ardora ya es algo bastante poco habitual.

Aun así, nos acercamos una vez más a la playa de Rebordelo.

Y contra todo pronóstico, allí estaba.

El mar de ardora había regresado.

Sin embargo, aquella noche el fenómeno tenía una intensidad bastante baja. A simple vista resultaba muy difícil percibirlo con claridad, y en muchos momentos parecía incluso que el mar estaba completamente oscuro.

Fue al comenzar a grabar con la cámara cuando pudimos confirmarlo.

En la pantalla aparecían claramente los destellos azules activándose en el agua, revelando que el fenómeno estaba presente aunque nuestros ojos apenas pudieran detectarlo en la oscuridad de la playa.

Era uno de esos casos en los que la cámara permite descubrir lo que el ojo humano apenas alcanza a percibir.

No era uno de los episodios más intensos del año, pero sí lo suficiente como para recordarnos algo que el mar de ardora repite una y otra vez: sigue siendo un fenómeno imprevisible.

Aquella noche de octubre fue una pequeña recompensa para quienes seguimos mirándolo incluso cuando el verano ya parece haber terminado.

Porque cuando todo parece indicar que la temporada se ha acabado…

el mar todavía puede encenderse una vez más.

Cuando ya estábamos completamente mentalizados de que la temporada había terminado y que el mar de ardora no volvería hasta el verano siguiente, ocurrió algo inesperado.

La tarde del 20 de octubre de 2025, uno de los miembros del grupo, Roberto, compartió en la comunidad una noticia publicada en Faro de Vigo. En ella se hablaba de una marea roja muy evidente de noctilucas en la zona de Bouzas, en la ría de Vigo.

Aquella información despertó rápidamente la curiosidad de varios miembros del grupo que vivían cerca de la zona.

Esa misma noche, algunos de ellos decidieron acercarse para comprobar si el fenómeno estaba realmente activo… y no tardaron en confirmarlo.

El mar volvía a iluminarse.

Durante varios días, distintos miembros de la comunidad fueron acercándose a diferentes puntos de la ría de Vigo para disfrutar del fenómeno y compartir información con el resto del grupo. Fotos, vídeos, avisos y experiencias comenzaron a circular continuamente en el chat.

Una vez más, la colaboración entre los miembros de la comunidad volvió a ser impresionante.

Durante algo más de una semana, el grupo estuvo disfrutando de aquel episodio de bioluminiscencia provocado por Noctiluca scintillans, ayudándose unos a otros para encontrar los mejores momentos y lugares donde observarlo.

Por mi parte, pude acercarme finalmente el 26 de octubre, acompañado de mi amigo José.

Aquella tarde-noche nos desplazamos hasta la zona de Cangas, donde pudimos comprobar cómo las noctilucas seguían presentes en el agua. No era un espectáculo de grandes olas como los que habíamos vivido durante el verano, pero sí un momento muy especial.

Pasamos horas jugando con las noctilucas en el agua, viendo cómo cada movimiento generaba destellos azules en la oscuridad.

Fue una forma distinta de disfrutar el fenómeno, más tranquila, casi como un pequeño epílogo después de todo lo que había sucedido durante aquel año.

Y allí, en una noche de finales de octubre, terminó finalmente la historia del mar de ardora en 2025.

Un año que había sido, sin duda, uno de los más intensos, sorprendentes y emocionantes desde que comencé a documentar este fenómeno.

Un año en el que el mar volvió a encenderse una y otra vez…

y en el que también nació una comunidad que hoy sigue creciendo alrededor de esa misma luz azul.

2026

Después de años recorriendo playas en mitad de la noche, observando el mar en silencio, esperando el momento en que el agua comenzara a encenderse… llegó un momento en el que todo aquello necesitaba un lugar donde quedar reunido.

Durante mucho tiempo, el mar de ardora había vivido principalmente en dos sitios: la memoria de quienes lo habían visto y las publicaciones dispersas en redes sociales. Fotografías, vídeos, historias y descubrimientos que aparecían una noche… y desaparecían poco a poco en el flujo infinito de internet.

Pero el fenómeno merecía algo más.

Después de años documentándolo, de miles de kilómetros recorridos por la costa gallega, de incontables noches sin dormir y de una comunidad que había nacido casi sin buscarlo, se hizo evidente que todo aquello necesitaba un espacio propio.

Un lugar donde quedara reunida la historia completa.

Así nació esta web.

No es solo una página para ver fotos o vídeos del mar de ardora. Es, sobre todo, un archivo vivo de todo lo aprendido durante estos años: las experiencias, los descubrimientos, los momentos inolvidables, las noches en las que el mar parecía completamente apagado… y aquellas otras en las que la costa entera se iluminaba de azul.

Aquí se recoge la historia de un fenómeno natural tan espectacular como imprevisible.

Pero también la historia de todas las personas que, de una forma u otra, han formado parte de este camino: amigos, curiosos, fotógrafos, científicos, vecinos de la costa… y cientos de personas que hoy forman parte de una comunidad que sigue creciendo alrededor del mar de ardora.

Esta web también nace con otro objetivo.

Durante años, muchas personas han descubierto el fenómeno a través de imágenes espectaculares que aparecen en redes sociales, pero pocas veces han tenido la oportunidad de entender realmente qué es lo que están viendo.

Por eso este espacio también quiere ser un lugar de divulgación, donde comprender mejor qué organismos producen esta bioluminiscencia, por qué aparece en determinados momentos y por qué cada episodio puede ser tan diferente al anterior.

El mar de ardora es uno de los fenómenos naturales más fascinantes que se pueden observar en nuestras costas.

Y, sin embargo, sigue siendo relativamente desconocido para muchas personas.

Esta web nace para cambiar eso.

Para documentarlo, para compartirlo y para seguir construyendo una historia que, en realidad, no termina nunca.

Porque cada verano, cuando las condiciones vuelven a alinearse y el mar comienza a encenderse de nuevo, todo vuelve a empezar.

Y esta vez, todo lo que ocurra tendrá un lugar donde quedar guardado para siempre.

Continuará…

error: Las imagenes están protegidas por derechos de autor. @drewkorme